Tengo un buen amigo, L, que vive en Bucaramanga. Le gusta el deporte, escala y hace ciclomontañismo. Estudiamos juntos en el colegio, y cuando yo vivía allá éramos vecinos. Hace algunos días se mudó a una casa donde tiene habitación y un taller para hacer joyas en madera, que va a empezar a comercializar en el exterior.
El jueves en la noche L estaba en el apartamento de los papás y salió a eso de las diez y treinta para su casa. Iba en bicicleta. Tres cuadras más arriba, muy cerca del edificio donde yo vivía con mi familia, y donde viven ahora mi papá y mi hermana, lo detuvieron dos tipos, ambos de muy mal ver. Uno de ellos le dijo:
–Viejo, tenemos que decirle algo.
L pensó que iban robarle la bicicleta, y se bajó. De inmediato sintió un golpe fuerte en la espalda, como un batazo. Empezó a gritar, a pedir auxilio. La gente que estaba bebiendo en las tiendas cercanas salió a mirar, las mujeres gritaban “¡lo están robando!”, y los dos tipos empezaron a correr, cruzaron la esquina, se perdieron entre las sombras, en medio de los árboles. L se montó de nuevo en la bicicleta y bajó hasta el edificio de los papás, subió las escaleras y llegó al apartamento en el tercer piso, y cuando ellos lo vieron notaron de inmediato que estaba sangrando, que la camiseta que llevaba puesta estaba empapada en sangre. Los familiares de L se asustaron mucho, y él trataba de tranquilizarlos: “todo está bien, vamos por mis papeles y salimos para Urgencias”, era lo que les decía. Al rato llegaron al hospital. Una de las enfermeras contempló a L arqueando las cejas, y sin preguntar nada le espetó:
–Joven, ya es hora de que coja juicio, de que deje de hacer lo que está haciendo.
Él la miró y le dijo:
–Dígame: ¿qué es lo que tengo que dejar de hacer? ¿Salir de la casa de mis papás en bicicleta para ir a la mía…? ¿Es mi culpa que me caigan encima unos tipos e intenten robarme y matarme?
La enfermera pidió disculpas y se marchó.
L fue apuñaleado en la parte superior de la espalda, muy cerca de la columna vertebral. Si el corte hubiese sido hecho un centímetro a la derecha habría quedado paralítico. Por fortuna, no fue alcanzado ningún órgano vital, pero L perdió mucha sangre y todavía está recuperándose. Lo llamé al celular el sábado, cuando me enteré de lo ocurrido. Se sentía mal, y había algo en especial que lo torturaba, y cuando hablaba al respecto su voz se quebraba un poco. El hombre que lo apuñaleó no tenía cara, fue lo que me dijo. L nunca se la vio, no vio las facciones de ninguno de los dos, sólo recuerda un maletín amarillo. El atacante podría haber sido cualquiera. Y ni siquiera tenían una razón para herirlo: L no había ofrecido resistencia, en aquel momento quería que se llevaran la bicicleta y lo dejasen en paz.
Mientras hablábamos, le recordé a L lo que le había pasado hace algunos meses a W, un amigo común. Era de día y dos hombres lo abordaron cuando tomaba una cerveza en una tienda. Le pidieron la billetera, trataron de sacársela bruscamente del bolsillo de la pantaloneta, y la billetera cayó al suelo. Aquello quizás no les gustó, y uno de los hombres, que llevaba un revólver, le disparó a W en la pierna, sin haber apuntado siquiera. W estaba tan asustado, tan embriagado de adrenalina, que no se dio cuenta en un principio de que lo habían herido, de que estaba sangrando, y los dos tipos se fueron caminando como si nada, revisando el contenido de la billetera. Hace poco condenaron a uno de los asaltantes a menos de seis años de cárcel, porque terminó aceptando los cargos.
En los últimos años Bucaramanga se ha convertido en una ciudad peligrosa, insegura como nunca antes. Pululan los atracadores, los indigentes. Paralelamente, ha aumentado el número de restaurantes caros y de discotecas de lujo, de camionetas ostentosas, de mujeres con silicona en las tetas y culos operados. Las revistas locales están ahora saturadas de anuncios de centros de cirugía plástica y de ortodoncia. Pero esta hermosa ciudad sigue siendo, según dicen, uno de los mejores vivideros del país. Y Colombia es, ahora más que nunca, el mejor vividero del mundo, tal como se lee en las encuestas. Yo le preguntaba a L: ¿Es tan abstracta y lejana la realidad, nuestra realidad, para que estemos convencidos de algo así? ¿Debemos esperar a que ésta nos estalle en la cara, a que nos pase por encima como un camión, para reaccionar? Pienso en el comentario de la enfermera que atendió a L. Cuando oímos sobre las víctimas, nos decimos a nosotros mismos “él se lo buscó” o “algo habrá hecho”. Es entendible, por supuesto: es mucho más fácil creer eso, construir una especie de muro entre las víctimas y nosotros, distanciarnos de ellas hasta hacerlas irreales. Hemos aprendido a esconder los cadáveres bajo la alfombra y a bailar sobre ellos.
L no puede creer lo que le ocurrió. No puede creer la terrible injusticia de ese acto. Siente miedo. El hombre que lo atacó carece de nombre, y por lo tanto podría ser cualquiera de nosotros. Pero vivimos tan henchidos de placer que nada de esto importa ya. Nos estamos destruyendo unos a otros, lentamente como un cáncer, y nos da completamente igual. De todas formas vamos a morir. Del Enemigo que se encargue el gobierno, y a nosotros, hombres y mujeres de bien, que nos dejen bailar en paz.