martes 20 de mayo de 2008

Islas

Anota Borges en “El jardín de los senderos que se bifurcan”:

Siglos de siglos y sólo en el presente ocurren los hechos; innumerables hombres en el aire, en la tierra y el mar, y todo lo que realmente pasa me pasa a mí…

¿No es esto algo absurdo, a pesar de lo obvio? ¿No es absurdo el hecho de que estemos confinados a una soledad sin explicación, sin respuesta; de que permanezcamos por siempre enclaustrados en nosotros mismos; de que no seamos más que millones de islas desparramadas en el vacío que nunca se tocan?

Náufrago

Cierra las ventanas de nuevo. Cierra todas las puertas. No los dejes entrar. No dejes que te vean. Tú no estás ahí. Escóndete.

(Ése no eres tú).

El experimento ha finalizado. No hubo resultados. ¿Esperabas conclusiones pomposas? Bien: has sido un ingenuo. No hay verdad alguna después del proceso. Sólo euforia, alegría, angustia, terror. Y luego dolor. Una broma insípida que se infla como un globo y al final es sólo hinchazón. Ahora el dolor persiste. Dejaste entrar el viento, dejaste que revoloteara por la casa, lo dejaste entrar en tu cuarto, bajo tus cobijas, entre tus cosas. Lo respiraste. Después se fue, pero te dejó enfermo. Herido de muerte. Solo, hueco, débil como una hoja, derrotado. Hoy sólo quieres paredes a tu alrededor. Quieres una cárcel o una tumba. Volverte insecto y meterte entre las hojas de los libros. Dejar con tus diez patas manchas de tinta sobre las páginas amarillentas que te reclaman. Dejar una estela de pasos en falso.

No debiste haber dicho las cosas que dijiste. No debiste haber dejado esas marcas sobre tu piel. No era necesario construir muros de palabras para parecer gracioso, para agradar a tu interlocutor, para obviar el silencio. (Apostabas fuerte pero al final, inexplicablemente, resultabas vencedor). ¿Ahora cómo piensas volver atrás? ¿Cómo recuperar las mentiras que propagaste? Aguarda a que los muros se descascaren o a que se los lleve el viento.

¿Qué nos queda? La búsqueda de nuevos motivos, de palabras distintas. La posibilidad de otros puertos. De islas extrañas. De galeones hundidos o que flotan oscuros sobre el mar muerto. ¿No desearías entrar allí? ¿No desearías contemplar el cadáver de otro náufrago?

galeon-xvii

(Imagen tomada de acá)

Posmodernidad

¿Miedo a lo efímero?

¿Miedo al carácter transitorio de todo?

¿Miedo al infinito?

¿A perderte en la maraña de textos, de hipervínculos?

¿Miedo a naufragar en la Biblioteca de Babel?

¿A soltar los amarres y a disolverte?

¿Miedo a la realidad virtual, a la ausencia de presencias, de olores, de dolor físico, de concreción?

¿Miedo al amor líquido, a las conexiones, a Facebook, a Second Life?

¿Miedo a la extinción de lo único que puede suplantar la vida, darte reposo, comprenderte, centrarte de nuevo?

¿Miedo a que pase de largo la vida auténtica?

¿A que la realidad sea una fábula?

¿A que tú seas una fábula?

¿Miedo a que tu cuerpo esté siempre en otra parte?

¿Al desdoblamiento?

¿A percatarte –por fin– de que no tienes centro, ni carácter, ni personalidad?

¿Miedo a saber que tú no eres tú?

¿A que podrías ser cualquiera?

¿A que eres cualquiera?

¿A que no eres nada?

¿Miedo al purgatorio?

¿A la muerte?

lunes 19 de mayo de 2008

Vértigo

Jorge al habla. Ni Juan, ni Nadine, ni Avellaneda, ninguno de las máscaras tras las cuales he intentando ocultarme. Nada de ficción. Este soy yo, mi verdadero yo. Así no lo parezca. Así las palabras me falseen, me mientan.

¿Cuáles son los límites? ¿Hasta qué punto puedo burlarme de mí mismo? ¿Hasta dónde puedo ironizar sobre lo que me pasa, sobre lo que siento, sobre los ríos que se contradicen, sobre la estupidez que me envenena y que corroe el anhelo de trascendencia como una sombra? ¿Puedo permanecer inmune mientras voy pegando sobre el muro que bordea el vacío las piezas del rompecabezas, piezas que no encajan, que se superponen y se niegan, que me niegan sistemáticamente, caóticamente, que se descascaran con el paso de los años?

No, no soy inmune. He logrado fabricar una imagen hasta cierto punto satisfactoria, pero al mismo tiempo algo se ha ido formando dentro, un ente que apunta hacia la Nada, que me arrastra al vértigo. Un ente que se rebela.

vertigo-new¿Qué prima en este algo, qué lo mueve? Sé que hay violencia allí. Sé que hay viejos conceptos que nacen de mi educación católica: culpa, pecado, redención, libre albedrío. Sé que es infinito, y por lo tanto aterrador. Sé que no me comprende, que le vale madre el éxito, sé que carece de masa pero su peso es abrumador. Rechaza todo, aun la vida, aun la literatura. No entiende que vida y literatura son lo mismo. No entiende que no lo necesito, que soy feliz sin él. No acepta que no existe, que no es nada.

Él refuta, rebate, es inestable e inconstante, descree, carece de fe, de pasión, desea el mal, el ocaso del mundo, el cielo gris, los bosques devastados, mares muertos, ríos de lava, Jinetes del Apocalipsis, Séptimo Sello, Ángel Exterminador, laberinto perpetuo, confusión y chirriar de dientes; odia al prójimo como a sí mismo, siembra la discordia, envenena las fuentes; mata a los primogénitos, ama la ceniza y el polvo, las ruinas, la ortiga, los sapos que caen del cielo e invaden las casas, el hongo que corroe la carne, el gusano que devora la espina dorsal. Odia la escritura. La cubre de miedo, de parálisis. La despoja de Eros, de vitalidad, la sumerge en el lodo, la hace insufrible. Idiotiza. Despoja al mundo de literatura. Espesa la sangre.

Es innombrable. Estas palabras no logran apresarlo.

Jorge al habla (lo que queda de él).

 

(PD: la imagen fue tomada de acá)

martes 13 de mayo de 2008

Sobre la sublimación

Dice el bueno de Freud:

“La pulsión reprimida no cesa nunca de aspirar a su total satisfacción, que consistirá en la repetición de un satisfactorio suceso primario. Todas las formaciones sustitutivas o reactivas, y las sublimaciones, son insuficientes para hacer cesar su permanente tensión. De la diferencia entre el placer de satisfacción hallado y el exigido surge el factor impulsor, que no permite la detención en ninguna de las situaciones presentes, sino que, como dijo el poeta, ‘tiende, indomado, siempre hacia delante’ (Fausto, I)”.[1]


[1] Freud, Sigmund. “Más allá del principio del placer”, en Los textos fundamentales del psicoanálisis, Ediciones Altaza S.A., Barcelona, 1993.

lunes 12 de mayo de 2008

Voy a parar

(por un tiempo)

jueves 8 de mayo de 2008

Juan

69198990_ph1_w434_h_q80 –Hola. Me llamo Juan, y soy adicto al sexo.

–Hola, Juan.

–Bienvenido, Juan.

–¿Cómo estás, Juan?

–Primero quiero disculparme. No sé por qué estoy aquí. No creo ser en verdad un adicto al sexo. No es esa mi verdadera adicción. Es otra cosa, una Cosa que me envuelve y que no logro ver, inconmensurable, innombrable; pero tengo que llamarla de alguna forma… y aquí me tienen. Mi problema empezó hace tres… no, no… hace seis años… No, ha estado en mí desde siempre, desde que tengo memoria, desde que supe que estaba vivo, quizá mi crianza tuvo algo que ver, un padre autoritario y promiscuo pero mayormente ausente, una madre bellísima y cariñosa, cuatro hermanas medio locas, devoradoras de hombres y de mujeres, un gemelo muerto. He ido empeorando con el paso del tiempo. El último año fue insoportable. La realidad se está desmoronando. Ya no creo en las cosas que me pasan: no trago entero. Pienso que me he vuelto loco pero a nadie parece importarle. Al contrario: creo que la gente se siente atraída por eso, por la chispa demente en mis ojos. ¿Pueden verla? Está ahí casi todo el tiempo. A veces la uso para alcanzar mis fines –ya saben a qué me refiero.

–Te entendemos, Juan.

–Las mujeres son espejos. Necesito verme reflejado en ellas. No soy nadie sin ellas. Siempre las he tenido a mi lado, y por Dios que no las entiendo. Nunca las poseeré, de eso estoy seguro. Cada mujer que conozco es un abismo. Un abismo nuevo en el que me desbarranco. Lo que intento hacer es crear una sola entidad, un ente casi infinito, formado por todas las mujeres que he conocido. Una mujer infinita. Pero soy poca cosa y me desgarro. Quizás es a mí mismo a quien trato de dar forma.

–Sé de qué hablas.

–Necesito unos ojos y una boca que digan Sí. Miles de bocas, millones de ojos. Si no los tengo, enfermo. Justo ahora no estoy tan mal, gracias a ustedes tres, compañeras, que ahora me están mirando y escuchando. Pido disculpas, pero es así. Les pido perdón.

–No te preocupes, Juan.

–He tratado de parar, pero no hay nada que hacer. He tratado de volver a lo que era antes, a las cosas que me gustaban, al cine, al arte, a los partidos de fútbol, a las charlas de cafetería, a la fidelidad conyugal, incluso al trabajo aburrido. Nada que hacer. Todo se ha ido a pique. No hay nada con la suficiente fuerza. Ya no hay nada que me satisfaga. (Bueno, lo único que aún disfruto es el teatro, actuar de vez en cuando). Intento complacer a los otros (a ellas), ése es mi único consuelo, pero es temporal. Sé bien que trato de llenar un vacío, un pozo sin fondo, un agujero que no es, que no existe. Sé que no hay nada detrás de lo que busco. Despeñaderos y nada más. Me la paso desbarrancándome.

–Pobre Juan.

–Sufro de extrema dependencia, pero no hacia algo específico. Eso es lo peor. Dependo de cinco, diez, quince personas a un tiempo. Hombres y mujeres, a pesar de que sólo tengo sexo con mujeres. Obviamente, intento ocultar mi dependencia, y la verdad es que la mayor parte del tiempo lo logro, y quienes me conocen creen que soy frío y cínico, que nada me importa. Estos días me he sentido enfermo. No hay síntomas, tan sólo sé que estoy enfermo. Me despierto en mitad de la noche, buscando a alguien (sin embargo soy incapaz de dormir acompañado). Siento fiebre pero no tengo fiebre. Tiemblo. Me he desmayado un par de veces. A veces fumo, como y bebo con avidez. Otras veces no desearía salir de la cama en las mañanas, ni probar bocado. No quisiera vivir, algunos días.

–Oh, pobre Juan.

–¡No, no, no! ¡Es suficiente! No me gusta eso, que me compadezcan. ¡Lo detesto, maldita sea! ¿Por qué sienten compasión, si nunca me había sentido mejor? Estoy justamente donde siempre quise estar. Quiero seguir así, que mis días sigan siendo como los que he tenido en el último par de años. No deseo parar, así me destruya. No voy a sanar. ¡Nunca! La vida se devorará a sí misma. Soy el chivo expiatorio del mundo que me tocó padecer. ¿Y qué? Muchos desearían estar en mi lugar, es lo que digo. Carezco mayormente de emociones, de sentimientos, y eso me gusta. ¿Qué demonios estoy haciendo aquí? Debería estar en un bar tomándome una cerveza, debería estar charlándome a una mujer hermosa o medianamente atractiva, y luego magrearla un poco en el baño, llevarla a mi casa, hacer que me diga o que me muestre qué es eso que le reclama a la vida en sus noches de insomnio y a qué le tiene miedo, asfixiarla levemente con la almohada. Sólo así estoy en paz conmigo mismo. ¿Quién carajos se inventa estas enfermedades? A lo mejor estoy exhausto y lo único que necesito son dos días seguidos de sueño.

–Será mejor que te vayas, Juan.

domingo 4 de mayo de 2008

Agujeros

… Te vuelves terriblemente necesitado, como un mendigo. Pero, a diferencia de un mendigo, aprendes a esconder tus necesidades porque sabes que así es más fácil. Algunos se dan cuenta de tu carencia, de que esa carencia crece con los días, de que lo que comes aviva tu hambre en lugar de calmarla, y sienten compasión y te hacen ver tu estado y quieren ayudarte; otros se dan cuenta y lo usan en tu contra.

Es atroz sentir esa necesidad, siempre. El hombre que se rodea de mujeres se hace niño, caprichoso como niño, vulnerable como niño pequeño. El hombre que se hace rodear por mujeres sabe que no posee a ninguna, que van y vienen a su antojo (el de ellas), y que por lo tanto sus días (los de él) estarán siempre llenos de agujeros. A veces, cuando se percata de esto, recuerda sus horas de soledad pura, de austeridad, el confort que sentía entonces. Desearía no haber conocido lo mejor que la vida le puede dar a un hombre. Desearía volver a ser gris.

El hombre deja de pensar en estas cosas y sigue adelante. Lleva una sonrisa postiza y demente –trágica y seductora– en los labios.

Nothing

Sólo por hoy

no quiero hurgar el pensamiento de nadie

Sueño la soledad del encierro

y del páramo

del silencio de un mundo sin hombres y sin

mujeres

Que el que me conoce me pierda en la calle

en la casa de un amigo o

de un desconocido

como se dejan botadas las llaves que ya no importan

que no abren ya nada

El asesino

La violencia nos hace despertar. ¿Hay en este mundo nuestro alguna otra cosa que lo logre? La violencia es real. Vamos por la vida medio dormidos hasta que alguien nos golpea en la nuca con un mazo. Entonces todo se nos hace concreto, cierto, ineludible. No más límites imprecisos. El mundo se cristaliza. Somos lo que somos.

Por eso quien usa la violencia se hincha de poder. De esta forma existe para el otro. No hay ya lugar a dudas. Mírame ahora, escúchame: esto –esta motosierra, este bate, este revólver– soy Yo. Siénteme.

El violento habita nuestros sueños y fantasías como un coloso, como un semi-dios. Está en nuestras telenovelas nocturnas, en la publicidad, en los noticieros. Pero sólo lo entenderemos cuando sus pasos lo lleven a nuestra casa. Cuando, escondidos bajo la cama, sintamos sus pisadas que suben la escalera, que entran a nuestro cuarto. Cuanto sepamos que se ha acostado tranquilamente en la cama a fumar un cigarrillo y a esperarnos. Cuando nos abrume su peso.

miércoles 30 de abril de 2008

The Happiest Days of our Lives

He padecido

uno

    tras

       otro

los mejores años de mi vida

y vaya

ya estoy hasta aquí

 

.

El vago arte de la simulación II

Pero encuentro esto tirado por ahí en un escritorio desordenado de una oficina de un edificio en el centro de Bogotá; como si el ocupante hubiese tenido que salir corriendo porque su ropa estaba en llamas; o porque tenía un comité con el Presidente de la Compañía; o un almuerzo con la abrumadora gerente financiera; o qué sé yo:

Oh, por favor, por favor deténganse, déjenme bajar, por favor, sí sí, lo sé, yo pedí esto, yo estoy aquí por decisión propia, pero he tenido suficiente, ahora tengo miedo, quiero detenerme, hacerme a un lado, verlos pasar, esperar un cambio en la marea, déjenme sentar sobre esta roca y pensar mi situación, no entiendo nada en absoluto, estoy siendo atacado, soy culpable, he acumulado demasiados objetos a pesar de que deseaba ser libre, libre, por favor yo me quedo aquí, déjenme bajar, quiero ser yo mismo, me he extraviado, perdido en alguna parte, quiero saber si es cierto, que ella me diga por qué razón, por qué puta razón, me está dando esto, todo esto –todo lo que algún día quise, lo que le pedía en mis noches de hastío–, necesito respuestas, necesito que me diga cuál es el precio que debo pagar, o si ya lo estoy pagando, si mi propio aburrimiento –reflejado en tantos ojos– es suficiente, o si hay algo más, algo que no he visto aún, la tragedia, el horror ¡el horror!...

Si me lo permiten estaré quieto, en silencio, sólo un minuto o un año o un siglo, metido en la oscuridad, pero quiero saber si es posible. Está bien, que sea sólo un año, mi año sabático, o seis meses, o un mes, es lo que necesito, es el tiempo que requiero para saber, para renacer. Tiempo para gritar, para gritar tan alto que mis órganos cambien, se transformen, para que mi cabeza cese de disolverse, quiero gritar, arrojar de mí lo que sirve y lo que no sirve, lo que he sido y lo que no. Apaguen por un segundo las pantallas. ¡Apáguenlas! Su luz me asfixia. Necesito descansar.

No quiero morir –no ahora–. Sólo descansar.

Y eso es todo.

lunes 28 de abril de 2008

El vago arte de la simulación

JorgeMe he transformado, en el último año, en un jugador agresivo. E insensible (hasta cierto punto). Persigo la mecanización completa de todos mis movimientos, el automatismo, la perfección. No puede haber brechas ni cabos sueltos. Mis apuestas son altas e implacables. Soy pésimo perdedor. Deseo el mundo a cambio de nada (¿hay mayor envite que la Nada?). Como buen principiante soy paranoico y desconfiado. Toda palabra pronunciada por otro es un velo, un peligro. Temo perderlo todo en cualquier momento. Aborrezco la idea de empezar de cero.

Me dan pánico ciertos jugadores. Aquéllos que pueden desenmascararme. Los apostadores fuertes, como yo. Los que miran sus cartas, independientemente de la mano que tengan, con frialdad, siempre. Los que parecen demasiado seguros de sí mismos. Ante ellos soy poca cosa, mi juego se hace caótico, mis bluff se transparentan.

Me gusta hacerles cacería a estos jugadores. Quiero descifrarlos, ponerlos a mi altura, dejarlos sin piso, destrozarlos un poco –sólo un poco– y después largarme.

Cuando me encuentro en una mesa con un jugador de estos tiro a matar . Es probable que el otro (la otra) no advierta mi presencia, mi juego, pero yo tiro a matar. He tenido la suerte de ganar varias partidas. Pero en el trayecto he dejado regados pedazos de mí mismo. He sido desgarrado por lobos hambrientos.

Cada juego es un escalón o una puerta. No puedo regresar al principio. Ya no hay principio. Ya no hay quietud. Soy arrastrado por un río revoltoso al que soy incapaz de nombrar. Si lo hago, si lo nombro, cometo el pecado de la soberbia, el pecado de Dios.

Soy jugador atípico: muestro siempre mis cartas, las exhibo como disfraces de carnaval. Pero estas cartas son como la carta robada de Poe: invisibles para quien las busca.

Esta es, pues, mi confesión: todo, absolutamente todo, está en estas líneas. A este encadenamiento de significantes, estimado lector, me reduzco.

Bolaño

Dice Joaquín Font, en Los detectives salvajes, de Roberto Bolaño: "Ahora tomemos al lector desesperado, aquel a quien presumiblemente va dirigida la literatura de los desesperados. ¿Qué es lo que ven? Primero: se trata de un lector adolescente o de un adulto inmaduro, acobardado, con los nervios a flor de piel. Es el típico pendejo (perdonen la expresión) que se suicidaba después de leer el Werther. Segundo: es un lector limitado. ¿Por qué limitado? Elemental, porque no puede leer más que literatura desesperada o para desesperados, tanto monta, monta tanto, un tipo o un engendro incapaz de leerse de un tirón En busca del tiempo perdido, por ejemplo, o La montaña mágica (en mi modesta opinión un paradigma de la literatura tranquila, serena, completa), o, si a eso vamos, Los miserables o Guerra y paz".

domingo 27 de abril de 2008

Technologic

"Technologic", de Daft Punk.

sábado 26 de abril de 2008

Nada

Estoy con una mujer –cualquier mujer– y presiento una soledad muy honda, una soledad que me traga. Me pregunto –pregunta idiota– si no será eso, tan solo, un reflejo de mi propio vacío. Me pregunto si ella pensará lo mismo.

En esos momentos se abre una suerte de silencio entre los dos. Ese silencio lo es todo. Es el mundo, la vida, la realidad. Dios, la esencia, la muerte, el dolor. Hay una carretera en medio del desierto. Un cielo infame, azul; el brillo de las dunas hiere los ojos.

¿Quién eres?, le pregunto. ¿Quién demonios eres? No hay respuesta, sólo una risa. Yo sigo despojándome rítmicamente. La atravieso. Cruzo el abismo y emerjo con la Nada a flor de labio, pero no emito sonido, no hay palabras, no hay nada. Sólo el deseo de irme.

Después se abre el vientre de la máquina y deambulo por las vísceras digitales y por las lápidas de concreto y en ellas vivo, y no soy nadie y sólo espero volver a desbarrancarme, y fumo y bebo si no te tengo, si no estás gritando en mi oído, susurrando palabras incoherentes, odiándome –fucking piece of shit–, golpeándome sin fuerza como diciendo este hijueputa, este hijueputa.

Y qué somos sino dos nadas que se buscan o dos espejos que se miran o dos naufragios que se devoran y se escupen.

lunes 21 de abril de 2008

Los asesinos

Tengo un buen amigo, L, que vive en Bucaramanga. Le gusta el deporte, escala y hace ciclomontañismo. Estudiamos juntos en el colegio, y cuando yo vivía allá éramos vecinos. Hace algunos días se mudó a una casa donde tiene habitación y un taller para hacer joyas en madera, que va a empezar a comercializar en el exterior.

El jueves en la noche L estaba en el apartamento de los papás y salió a eso de las diez y treinta para su casa. Iba en bicicleta. Tres cuadras más arriba, muy cerca del edificio donde yo vivía con mi familia, y donde viven ahora mi papá y mi hermana, lo detuvieron dos tipos, ambos de muy mal ver. Uno de ellos le dijo:

–Viejo, tenemos que decirle algo.

L pensó que iban robarle la bicicleta, y se bajó. De inmediato sintió un golpe fuerte en la espalda, como un batazo. Empezó a gritar, a pedir auxilio. La gente que estaba bebiendo en las tiendas cercanas salió a mirar, las mujeres gritaban “¡lo están robando!”, y los dos tipos empezaron a correr, cruzaron la esquina, se perdieron entre las sombras, en medio de los árboles. L se montó de nuevo en la bicicleta y bajó hasta el edificio de los papás, subió las escaleras y llegó al apartamento en el tercer piso, y cuando ellos lo vieron notaron de inmediato que estaba sangrando, que la camiseta que llevaba puesta estaba empapada en sangre. Los familiares de L se asustaron mucho, y él trataba de tranquilizarlos: “todo está bien, vamos por mis papeles y salimos para Urgencias”, era lo que les decía. Al rato llegaron al hospital. Una de las enfermeras contempló a L arqueando las cejas, y sin preguntar nada le espetó:

–Joven, ya es hora de que coja juicio, de que deje de hacer lo que está haciendo.

Él la miró y le dijo:

–Dígame: ¿qué es lo que tengo que dejar de hacer? ¿Salir de la casa de mis papás en bicicleta para ir a la mía…? ¿Es mi culpa que me caigan encima unos tipos e intenten robarme y matarme?

La enfermera pidió disculpas y se marchó.

L fue apuñaleado en la parte superior de la espalda, muy cerca de la columna vertebral. Si el corte hubiese sido hecho un centímetro a la derecha habría quedado paralítico. Por fortuna, no fue alcanzado ningún órgano vital, pero L perdió mucha sangre y todavía está recuperándose. Lo llamé al celular el sábado, cuando me enteré de lo ocurrido. Se sentía mal, y había algo en especial que lo torturaba, y cuando hablaba al respecto su voz se quebraba un poco. El hombre que lo apuñaleó no tenía cara, fue lo que me dijo. L nunca se la vio, no vio las facciones de ninguno de los dos, sólo recuerda un maletín amarillo. El atacante podría haber sido cualquiera. Y ni siquiera tenían una razón para herirlo: L no había ofrecido resistencia, en aquel momento quería que se llevaran la bicicleta y lo dejasen en paz.

Mientras hablábamos, le recordé a L lo que le había pasado hace algunos meses a W, un amigo común. Era de día y dos hombres lo abordaron cuando tomaba una cerveza en una tienda. Le pidieron la billetera, trataron de sacársela bruscamente del bolsillo de la pantaloneta, y la billetera cayó al suelo. Aquello quizás no les gustó, y uno de los hombres, que llevaba un revólver, le disparó a W en la pierna, sin haber apuntado siquiera. W estaba tan asustado, tan embriagado de adrenalina, que no se dio cuenta en un principio de que lo habían herido, de que estaba sangrando, y los dos tipos se fueron caminando como si nada, revisando el contenido de la billetera. Hace poco condenaron a uno de los asaltantes a menos de seis años de cárcel, porque terminó aceptando los cargos.

En los últimos años Bucaramanga se ha convertido en una ciudad peligrosa, insegura como nunca antes. Pululan los atracadores, los indigentes. Paralelamente, ha aumentado el número de restaurantes caros y de discotecas de lujo, de camionetas ostentosas, de mujeres con silicona en las tetas y culos operados. Las revistas locales están ahora saturadas de anuncios de centros de cirugía plástica y de ortodoncia. Pero esta hermosa ciudad sigue siendo, según dicen, uno de los mejores vivideros del país. Y Colombia es, ahora más que nunca, el mejor vividero del mundo, tal como se lee en las encuestas. Yo le preguntaba a L: ¿Es tan abstracta y lejana la realidad, nuestra realidad, para que estemos convencidos de algo así? ¿Debemos esperar a que ésta nos estalle en la cara, a que nos pase por encima como un camión, para reaccionar? Pienso en el comentario de la enfermera que atendió a L. Cuando oímos sobre las víctimas, nos decimos a nosotros mismos “él se lo buscó” o “algo habrá hecho”. Es entendible, por supuesto: es mucho más fácil creer eso, construir una especie de muro entre las víctimas y nosotros, distanciarnos de ellas hasta hacerlas irreales. Hemos aprendido a esconder los cadáveres bajo la alfombra y a bailar sobre ellos.

L no puede creer lo que le ocurrió. No puede creer la terrible injusticia de ese acto. Siente miedo. El hombre que lo atacó carece de nombre, y por lo tanto podría ser cualquiera de nosotros. Pero vivimos tan henchidos de placer que nada de esto importa ya. Nos estamos destruyendo unos a otros, lentamente como un cáncer, y nos da completamente igual. De todas formas vamos a morir. Del Enemigo que se encargue el gobierno, y a nosotros, hombres y mujeres de bien, que nos dejen bailar en paz.

jueves 17 de abril de 2008

Sobrevuelo

Son las 11 y 45 de la mañana, es jueves, estoy trabajando, tengo cosas que hacer hoy, tengo que comprar una ducha nueva, diablo rojo para el desagüe de la tina y bolsas de basura porque la cocina apesta, una amiga me va a visitar en un rato, tengo clase de psicoanálisis a las 6, conferencia telefónica con unos ingenieros de la Universidad Tecnológica de Pereira a las 2, estoy chateando, estoy jodiendo con el facebook, estoy mirando unos planos y ajustando unos cuadros de Excel, y sin embargo tenía que escribir ahora mismo, escribir algo, cualquier cosa. Es obsesivo, esto de escribir, lo es para mí ahora, lo es desde hace un tiempo, es enfermizo, es abrumador, quiero extraer mis tumores, purificar mi alma, volarme los sesos, quiero tirar los hilos que nacen en las terminaciones de mi red nerviosa, moverme por dentro, estrujarme, ser todo lo que puedo ser, hacer lo que tengo que hacer, ser libre. Los días nuevos son como olas, no hay monotonía en ellos, hay, por el contrario, una fuerza constante, perturbadora, un pasar de esto a lo otro, volver atrás, saltar de nuevo, caer, golpearme, salir disparado, perecer, resucitar. De pronto estoy precipitándome, y digo no, no, tres veces no, y vuelvo a emerger con una sonrisa de loco, con miedo entre las tripas, con un ¡a la mierda! ¡No vas a extinguirte! ¡No todavía, maldición!, es lo que me digo. Y, efectivamente, tengo la fuerza para sobrevolar la niebla profunda. (Pero sigue ahí; sigo oyendo los gritos de terror).

El espacio exterior es infinito. Por dentro lo somos también: no hay partículas indivisibles.

lunes 14 de abril de 2008

...

Eres un destello a lo lejos. Una sombra advertida con el rabillo del ojo. Palabras que van muriendo; mueren; no son nada. Algo o alguien en el otro extremo de la cuerda y que tira de ella, que la tensa, que me atrae y que luego se hace invisible. La niebla que se arrastra entre los árboles, que va tentando las hojas muertas en medio de la noche. Eres las orillas imprecisas de mis fantasías, y por lo tanto no piensas, no sientes, no eres.

Eres un signo de interrogación. Un presente que perece. Un pasado que se renueva y se multiplica. El abismo que no quiero entrever. El peligro, el miedo, el terror, el hambre que husmea la noche. El torturador, el todopoderoso, el caníbal. Las cadenas, la fría realidad. Eres mi espejo (el asesino). Eres yo cuando me ves. No eres nada si no te veo. No eres nada si no te quiero ver, si no te nombro. Eres mi continuación imposible. Mi única inmortalidad. El mensajero de dios.

Soy tu juez. Tu destructor. Te condeno a cambiar de cara y de cuerpo, siempre. Te condeno a permanecer fuera. Te condeno a morir si yo muero.

martes 8 de abril de 2008

Diálogos con Satán

Papé Satàn, papé Satàn aleppe!

Dante, Infierno, VII

Hoy empieza la preproducción de mi primera novela. Por lo tanto, estoy releyendo los diarios que inicié en el 2003 y que, por alguna razón, dejé de escribir hace casi un año. No voy a hablar acá de ellos. Sólo de una frase que encuentro en la primera página, fechada en mayo de 2003, y que dice algo sobre el “caos que se ha venido acumulando poco a poco en mi interior y el cual (sic) yo solicité a la vida un día que salía solo del concierto de Charly García y me vi demasiado simple y aburrido”. Bueno, pues lo había olvidado por completo, lo del concierto. Pero sí sé que en más de una ocasión, a lo largo de mi puta vida, he invocado al demonio, le he ofrecido mi alma a cambio de algo (no sé qué: ¡algo!), y he sido escuchado. Y recuerdo bien la última noche que lo llamé, sin saber si obtendría respuesta, hace ya varios meses (hay testigos, empezando por Alejo). El demonio me entregó aun más de lo que pedí, y al hacerlo mis deseos no amainaron. Al contrario: se desbordaron, rompieron diques, fluyeron con una rabia inaudita. Y pienso que es así como trabaja el bueno de Satán: nos hace ver con absoluta claridad, luego de darnos todo, que nuestra hambre es insaciable, y que los objetos de nuestras pulsiones (los “objetos A” lacanianos) son sólo máscaras.

¡Ah, Satán! Sí, me has destruido. ¡Pero me has hecho más sabio!

Gloria a Aquel que no muere.